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DELUSIONS OF A DILETTANTE












An irreverent approach to Thomas de Quincey


Three books, not especially thick, that could certainly be described as exemplary —Confessions of an English Opium Eater (1821), Suspiria de Profundis (1845) and Autobiographical Sketches (1853)— seem to offer first-hand information about who was Thomas de Quincey. He himself said they were autobiographical and as it happens with all literary autobiographies they are full of traps. With a sinuous narrative, he speaks of himself in a not at all complacent mood, but the way in which he exposes his personal calamities makes us mistrust of what he is telling at the same time we enjoy his sarcasm.

He speaks about his elitist and strict education that provided him a deep knowledge of Greco-Roman culture (he granted mythical dimension to the prosaic news published at those times by the press when he translated into Classic Greek); his escape from a home where nothing was missing; his survival under a savior-minded prostitute who perhaps sensed in him the dilettante who began his life journey with a Greek grammar; his prolific opium addiction —legally allowed in whole Europe at that time— to fight, he says, against neuralgia, or to exorcise his deepest nightmares, he insinuates; his intimacy with Coleridge to whom seemed to admire and detest in equal measure; his fickle raids into the circle of Lake Poets; his productive partnership with Margaret Simpson with whom he had eight children and his exhausting work as a journalist, editor, columnist, critic, short story writer to feed them in a more than ever Dickensian London, in where his contemporary Swift proposed to eat one’s children as a solution to the problems of overcrowding; the years, well, he hid from a crowd of creditors to finally give them the pleasure of die in the most desolate poverty.



The bourgeois’ logic and common sense constantly threatened by his subversive fantasy did not show enough interest for his originality, rather eccentric at that time, although perhaps somehow eccentric for ours. 

Probably he was an inappropriate man in the literary salons in which serious men sipped unthinkable amounts of tea and towered authors almost always equipped with a superb intellectual mediocrity to which the devastating spiral of history has not done much to remember.

And almost, we also forget Thomas de Quincey.

His quite obsessive concern for erudition frustrated his chances to become a writer, though to write perhaps was not ever his true vocation. Some pennies per page, and the enormous task of feeding his offspring, a situation, by the way, that closely resembles Dickens’ one, although, of course, he never shared the enthusiasm of the great storyteller who, luckily, often forgot the reason for which he wrote that much. But, of course, he had, as everyone else, an impossible dream: the unrealizable composition of a "History of England" opus magnum in twelve volumes which he carefully planned but wrote only a few chapters.

His intelligence necessarily had to be bored seeking refuge in the delirium of opium, which he defends and censure with the unmistakable ambiguity that drives his writing, spleen and risky experimentation that inspire, how could it be otherwise, Baudelaire, perhaps his most devoted admirer, although his sharp and somehow sickly artistic sensibility also influenced on Edgar Allan Poe and the standard-bearers of Decadent Movement, for he was something like a guru, standing at the epicenter of nineteenth-century literature.

He had a critic personality, a bit melancholic and dark, which its best weapons were sarcasm and an elegant irony in the best British tradition. He pass from literary criticism to a description of the mechanisms of the mind in the world of nightmares with a stunning naturalness. These delicious nightmares that are staging his fears and unspeakable fears and that ask the contemporary reader a key to be reinterpreted.

He wrote a lot and not published that much, his works are scattered in the usual serials of numerous newspapers and magazines. We have left little gems such as mentioned Confessions of an English Opium Eater (1821), Suspiria de Profundis (1845), and Revolt of the Tartars (1837), The Spanish Military Nun (1847) and, of course, Murder Considered as One of the Fine Arts (1827).

The reading of Thomas de Quincey is, yes, highly recommended. Thomas de Quincey must be read without apprehension, with careful dedication, with interest to unravel the mystery.


As noted by Jean Cocteau, another prestigious junkie, "After each opium addict lie hidden a problem."



Even imperfection itself may have its ideal or perfect state.

Solitude, though it may be silent as light, is like light, the mightiest of agencies; for solitude is essential to man. All men come into this world alone and leave it alone.

The public is a bad guesser.

Thomas de Quincey

More about Thomas de Quincey
(In English and Spanish)

Thomas de Quincey
Thomas de Quincey by H.S. Davies
A Chronology of Thomas de Quincey
Entre el opio y los acreedores
El crimen como hecho estético
Dos siglos de droga y literatura
A New Orientalism. The Anglo-Gothic Imagination in East London
Entre De Quincey y Borges

VERSIÓN en ESPAÑOL



LOS DELIRIOS DE UN DILETANTE
Un acercamiento irreverente a Thomas de Quincey

Tres libros, no excesivamente gruesos, que sin duda podríamos calificar de ejemplares —Confesiones de un inglés comedor de opio, Suspiria de profundis (1845) y Apuntes autobiográficos (1853)— parecen ofrecernos información de primera mano acerca de quién fue Thomas de Quincey. Él mismo nos dice que son autobiográficos y como ocurre con todas las autobiografías literarias están llenos de trampas. Con una narrativa sinuosa nos habla de sí mismo en un tono en absoluto autocomplaciente, pero la forma en la que nos expone sus calamidades personales nos hace desconfiar de lo que cuenta al mismo tiempo que disfrutamos de sus sarcasmos.

Nos habla de su educación elitista y estricta que le convirtió en un profundo conocedor de la cultura grecolatina (otorgaba carácter mítico a las prosaicas noticias publicadas en su época por la prensa al traducirlas al griego clásico), su huida de un hogar en el que no le faltaba de nada, la supervivencia al amparo de una prostituta con vocación de salvadora que tal vez intuyó en él al diletante que iniciaba su recorrido vital con una gramática griega, su fecunda adicción al opio, de uso legal en toda Europa por aquel entonces, para combatir, nos dice, una neuralgia o para exorcizar sus más recónditas pesadillas, nos insinúa, su intimidad con Coleridge al que pareció admirar y detestar en igual medida, sus inconstantes incursiones en el círculo de los poetas lakistas, su productiva alianza con Margaret Simpson con la que tuvo ocho hijos y su extenuante trabajo como periodista, editor, columnista, crítico, cuentista para mantenerlos en un Londres más dickensiano que nunca, en el que su coetáneo Swift proponía como solución a los problemas de superpoblación que padecía la ciudad el comerse a los niños, los años, en fin, que se ocultó de un tumulto de acreedores para finalmente darles el gusto de morir en la más desconsolada pobreza.

La lógica y el sentido común burgués constantemente amenazados por su fantasía subversiva no mostraron suficiente interés por su originalidad algo excéntrica para la época, aunque quizás también algo excéntrica para la nuestra. Debía ser un señor algo incómodo en los salones literarios en los que se sorbían cantidades impensables de té y se encumbraban autores casi siempre dotados de una soberbia mediocridad intelectual a los que la demoledora espiral de la historia no ha hecho gran cosa para recordar.

Y, por poco, nos olvidamos también de Thomas de Quincey.

Su preocupación casi obsesiva por la erudición frustró sus posibilidades como escritor, aunque quizás escribir no fuera nunca su auténtica vocación. Algunos peniques por página y la titánica tarea de alimentar a su prole, una situación que se parece mucho a la de Dickens, aunque, desde luego, nunca compartió el fervor del gran narrador que, por suerte, debía olvidarse muchas veces de la razón por la que escribía tanto. Eso sí. Tuvo como todos, un sueño imposible: la irrealizable composición de una "Historia de Inglaterra", obra magna en doce volúmenes que planeó cuidadosamente sin llegar a redactar apenas algunos capítulos del primero.

Su despierta inteligencia tenía necesariamente que aburrirse buscando refugio en los delirios del opio, que censura y defiende con la inconfundible ambigüedad que guía sus escritos, spleen y arriesgada experimentación que inspiraría, como no podía ser de otra manera, a Baudelaire, quizá su admirador más ferviente, aunque su aguda y algo enfermiza sensibilidad artística influiría también en Edgar Allan Poe y los abanderados del Decadentismo, para los que era algo así como un iniciador, colocándose en el epicentro de la literatura decimonónica.

Tenía una personalidad crítica, algo melancólica y oscura, que tiene como sus mejores armas el sarcasmo y una elegante ironía en la mejor tradición británica. Pasa de la crítica literaria a la descripción de los mecanismos de la mente en el mundo de las pesadillas con una naturalidad pasmosa. Esas pesadillas deliciosas que son la puesta en escena de sus miedos y temores más impronunciables y que piden al lector contemporáneo una clave para ser reinterpretadas.

Escribió mucho y publicó poco y sus obras se dispersaron en las usuales publicaciones por entregas en numerosos periódicos y revistas. Nos quedan pequeñas joyas como las ya citadas Confesiones de un Inglés comedor de Opio (1821), Suspiria de profundis (1845), La Revuelta de los Tártaros (1837), La Monja Alférez (1847) y, como no, Del Asesinato considerado como una de las Bellas Artes (1827).

La lectura de Thomas de Quincey es, claro que sí, muy recomendable. A Thomas de Quincey hay que leerlo sin aprensión, con dedicación esmerada, con interés por desentrañar el misterio.

Como apuntó Jean Cocteau, otro prestigioso drogadicto, "tras cada opiómano se esconde un problema".

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