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Sunday, November 4, 2012

ADVERTENCIA

(This text is not yet available in English)

Microphone by Lynton Black






















Buenas noches. 

A continuación va a empezar —si es que no ha empezado ya— esta incompleta muestra de lo que se ha venido llamando hasta ahora —podríamos, cómo no, dejar de llamarlo así inmediatamente— Teatro Alternativo de Simulación Espontánea, categoría dramática que como todo el mundo sabe está haciendo furor en los escenarios europeos. Semejante etiqueta, a nosotros, que siempre hemos mostrado un profundo respeto por las etiquetas, nos desconcierta y fascina al mismo tiempo. Quizá sea una simulación —espontánea o no— pero lo que es casi seguro es que no tiene nada de alternativo. En todo caso, discúlpenme, este no es un buen momento para las clasificaciones. 

Es un buen momento, por ejemplo, para que alguien como yo o yo mismo, —eso, créanme, no es relevante—, aparezca ante ustedes un poco antes de que se levante el telón. Habrán observado que he salido tranquilamente, sin dar muestras especiales de nerviosismo, que he caminado hacia el centro del escenario con elegancia, que me he detenido, he adoptado esa expresión de saber con certeza por qué estoy aquí y para qué he venido, he cogido aire con una larga inspiración y he abarcado con una mirada envolvente lo que tiene todo el aspecto de ser un teatro convencional, decorado con un criterio quizá en desuso, que, curiosamente, le da un aire definitivamente atemporal. Algunos habrán clavado en seguida su mirada en mí, otros se habrán mirado entre sí percibiendo seminconscientemente que no ha sido el azar el que les ha distribuido de esta forma tan, digamos, coherente en esta herradura sino otro criterio más acorde con los cánones que se han venido utilizando siempre para organizar cualquier tipo de sociedad. Habrán supuesto, no me cabe duda, —y sí, no puedo negarlo, están en lo cierto— que estoy aquí con la intención de dirigirles unas palabras y, de forma un tanto irresponsable, me atribuirán en el acto la sugerente cualidad de tener algo que decir, algo así como un mensaje, algo más o menos informativo. Supondrán que lo que voy a decir es importante —de otro modo mi presencia podría indignar a más de uno—. Alguno de ustedes incluso supondrá que es crucial, decisivo para entender lo que van a ver a continuación. Pensarán que he venido para hacer algo así como una introducción. Una introducción, al fin y al cabo, —como casi todas— prácticamente inútil. Como si un puñado de palabras más o menos ordenadas con buen gusto pudiese influir lo más mínimo en lo que hubiera de ocurrir a continuación. 

Eso sí, todos estarán secretamente de acuerdo en que —puedo verlo en la expresión de sus caras—, sea lo que sea lo que tenga que decirles, deberá ser, cómo no, breve. Estoy aquí, pues, —pocas dudas pueden quedar a estas alturas sobre esto— para dirigirme a ustedes. Y lo voy a hacer para… Bueno, podría confesarles —esto quedará patente tarde o temprano— que tengo una… misión. Una misión sencilla, eso sí, y sobre todo mucho más práctica que un prólogo. Mi misión, por ejemplo, podría ser hacerles una advertencia. Tómense, por favor, la libertad de interpretarlo según sus necesidades.

No tenemos ni la más mínima idea de lo que les ha movido a ustedes a venir aquí esta noche. Qué clase de estímulo —legítimo o todo lo contrario— les ha impulsado, qué tipo de expectativas albergan en su interior y si alguno tiene el inconfesable deseo de que esas expectativas se vean defraudadas o no, o si es tan solo una curiosidad insana o un interés rutinario. Debemos suponer —al menos esto parece relativamente claro— que han venido ustedes voluntariamente pues, de momento, no tenemos indicios de lo contrario. En cualquier caso ya no tiene remedio. 

En seguida, como les decía, va a comenzar la representación. Sería pretencioso por nuestra parte afirmar que lo que van a ver a continuación tiene algún sentido, es difícil de comprender o posee algún significado oculto. Nada de eso. La representación está compuesta por una serie de sencillas escenas, todas más o menos prescindibles, aunque, eso sí, unas más elaboradas que otras. No nos hacemos responsables si alguien comete el imperdonable error de pensar que lo que va a ver a continuación le aportará algo sustancial, o iluminará alguna zona oscura de su confusa existencia. La representación no es educativa, ni tiene mensaje, ni es un espejo de la realidad. En todo caso, cualquier parecido con la realidad es culpa de esta última. Les recuerdo, si ustedes me lo permiten, que la realidad tiene la mala costumbre de inmiscuirse en nuestra existencia de forma casi siempre inoportuna y aleatoria. Y si esto ocurriera no deberíamos asegurar que es algo por completo ajeno a nuestra voluntad.

Algunas de estas escenas pueden herir su sensibilidad, si es que la tienen, aunque la representación no pretende ofender a nadie. Si algo así ocurre, podrían ustedes plantearse libremente si esto tiene alguna utilidad o si por el contrario es una pérdida de tiempo. También pueden divertirles, qué duda cabe, aunque si se divierten les rogamos, eso sí, que lo hagan de forma responsable. 

La representación no se dirige a nadie en particular, ni siquiera se dirige a nadie en general, sencillamente ocurre y no pretende ni reformar las costumbres, ni ayudarles a conseguir la felicidad espiritual o física —ni siquiera de forma temporal— cosa que nos parece francamente vulgar en una representación de teatro contemporáneo. Sin embargo, sí debo reconocer que cada uno de ustedes verá una representación distinta, acorde con todas y cada una de las necesidades individuales que se vayan presentando. Aunque haya ocurrido debemos subrayar que, paradójicamente, también ocurre ahora, de la misma manera que si tuviera que ocurrir también es ahora, en definitiva, cuando ocurre. Esto, claro está, supone algunos peligros. El caos, por ejemplo, podría instalarse en el escenario y negarse a desaparecer con esa tozudez que lo caracteriza. Pero no deben alarmarse. Gracias a nuestro rigor y a la experiencia que tenemos en esta profesión poseemos la capacidad casi automática de percibir el caos dondequiera que amenace con hacer acto de presencia y sabemos perfectamente que es del todo inútil hacerle frente o tratar de hacer el menor intento —siempre irremediablemente destinado al fracaso— de poner algo de orden. A cualquiera que se tome esta tarea en serio podría acusársele no sólo de necio, insensato e irresponsable sino incluso de criminal peligroso y sería necesario tomar medidas para que semejante individuo o grupo de individuos fuera puesto a recaudo de las autoridades competentes para apartarlo de una vez por todas de la sociedad.

A pesar de los esfuerzos que ha hecho el autor, si lo hubiere, por escribir teatro de calidad, a lo largo de años de experiencia hemos llegado a la conclusión de que la calidad no tiene nada que ver con el teatro y hemos hecho todo lo posible por arruinar sus planes, consiguiendo —lo creemos modestamente— excelentes resultados. 

La representación, como verán en seguida, carece de estructura, los personajes están superficialmente esbozados, los diálogos tienen escaso interés y las escenas son en su mayoría flojas y apenas tienen algo que ver entre sí. Los actores, eso sí, han hecho su trabajo con un mínimo de entusiasmo, lo cual siempre es de agradecer. 

Cuando de comienzo la representación no serán del todo capaces de apreciar, después de la lógica sorpresa inicial, que todo se lo mostramos a cada uno de ustedes por separado tal y como ocurrió, como está ocurriendo o como ocurrirá. Pero deben confiar en nosotros. No podría funcionar de otra manera. Se lo mostraremos con todo lujo de detalles, sin temor a sobrepasar los límites tradicionales de la duración de una representación al uso, ya que contamos con la incuestionable ventaja a nuestro favor de que raramente nos aburrimos cuando hablan de nosotros. El aquí —esta sala algo descuidada que puede ser un viejo teatro o lo que ustedes quieran— nos importa mucho más que el ahora y seremos —una vez más debo apelar a su confianza— extremadamente flexibles con el momento presente. 

Y todo aquello que vean pasar ante sus ojos —algunos lo llamarían su propia vida— lo verán exactamente como ocurrió y, por qué no, cuando ocurrió, haciendo del momento presente un tiempo pasado y futuro que dejará de contar en el instante que ustedes lo decidan o que alguien en el que hayan depositado su confianza para tales fines se inmiscuya en el devenir cronológico. 

No hablo, claro está, de forma metafórica. Sentimos una aversión visceral e intensa por las metáforas que siempre hemos considerado trampas tendenciosas que se agazapan tras nosotros para sorprendernos en momentos de extrema debilidad con las peores intenciones. Sentimos, además, un profundo respeto por todos y cada uno de nuestros espectadores como para mostrar su existencia con metáforas más o menos ingeniosas o con cualquier otro truco más o menos deshonesto. 

Alguno pensará que por el precio que ha pagado por su entrada —una cantidad exorbitante, sí, debo reconocerlo, completamente fuera de lo normal— tiene derecho a ver algo más jugoso y edificante que su propia vida o, al menos, que nosotros… —¿cuál sería la expresión adecuada?— decoremos, sí, decoremos lo que ocurrió, que lo interpretemos, incluso, para que resulte más tolerable, más liviano. Para que tenga sentido. Pero nuestro equipo artístico ha tenido sin duda el hallazgo de esquivar este peligro —así como otros de semejante índole— y concentrarse en otras tareas mucho más gratificantes. Además, precisamente eso es lo que ustedes han venido haciendo hasta ahora y, claro, nuestra representación ofrece la novedad de unos hechos que han escapado por completo a las trampas de la memoria o a la originalidad de unas emociones que han salido ilesas de las manipulaciones de estados de ánimo más o menos oportunos y convenientes para nuestros fines. Me atrevo a afirmar, además, que todos sin excepción han venido esta noche —por eso están aquí, qué duda cabe— con la inquebrantable voluntad de que hagamos por ustedes lo que ustedes nunca serían capaces de hacer por sí mismos. Si permanecen en sus asientos y, créanme, lo harán —nadie sentirá, en realidad, la imperativa necesidad de levantarse y abandonar la sala— verán ante ustedes, no solo lo que pueda provocarles un dolor sordo más o menos soportable o lo que les atenace con desesperación a la urgencia de seguir siendo quienes son o lo que les haya impulsado a ser como son, haber deseado ser de otra forma o indagar en la esencia de lo que serán, sino también aquello que actúa como bálsamo y atempera el sufrimiento en cuanto se produce, como siempre suele ocurrir sean cuales sean las circunstancias concretas. Todos tenemos, sin duda, secretos más o menos inconfesables o hemos protagonizado episodios de los que nos avergonzamos, pero esta noche los contemplaremos quizá con otra mirada. Estos y otros de los que enorgullecernos o que tan solo nos deleitarán con la paz efímera que se desprende de lo que es deliciosamente insustancial. Cada uno contemplará, pues, lo que le concierne a él exclusivamente. Nadie —no se preocupen— tendrá que soportar lo que ha sido de los demás. Como ya les he dicho, cada uno de ustedes disfrutará de una representación distinta. Al fin y al cabo ¿no es siempre así? Nuestra historia personal suele parecernos infinitamente más atractiva que la de nuestros congéneres y por eso y porque tampoco es nuestra intención darles una excusa para ponerse a hacer comparaciones, no vamos entonces a empujarles a curiosear en lo que están viendo los demás, un instinto muy humano —para qué negarlo— pero muchas veces del todo inoportuno.

Si fuera necesario poner un ejemplo —en nuestra modesta opinión no lo es, más bien al contrario—, quizá deberíamos fijarnos en uno de ustedes, por ejemplo aquel señor de la fila seis que mira inquieto a los lados, acaso preguntándose si nos referimos a él. Sí, el de la camisa de franela a cuadros. Desde que he empezado a hablar está tratando de comprender, haciendo un loable esfuerzo por su parte que lo redime como espectador de cualquier duda que quede sin resolver. Si cualquiera de ustedes hubiera puesto el más mínimo interés —a pesar de la dificultad que esto comporta— se habría dado cuenta de que al entrar en la sala tenía cuarenta y seis años menos. 

El más o menos apuesto cuarentón que ostentaba ante la taquilla del teatro el inconfundible aire de inseguridad de quien tiene una profesión liberal es ahora un espectador anciano, lo suficientemente concentrado en el espectáculo que cree ha comenzado ya, como para no darse cuenta de su condición actual. Pero aquellos que lo han visto y que acaso al haber ocupado su propia butaca estén en una situación parecida tan sólo han prestado atención a su camisa, tal vez —y con razón— por lo llamativo de su mal gusto. Parece, sin embargo, un espectador modelo. Siente un mínimo de curiosidad por lo que va a ver, ha tratado a la taquillera como si realmente existiera, ha esperado pacientemente el momento en que las puertas de acceso a la sala se abrieran, ha respetado la cola escrupulosamente y ha entrado en la sala inspirando con fuerza el aire ligeramente impregnado de moqueta enmohecida —al menos al principio— abierto a que le cuenten una historia. Cualquier historia menos la suya, desde luego. Esperará algo impaciente a que se apaguen las luces y se callen por fin los demás y sentirá un indefinible cosquilleo cuando escuche el rumor que hace este pesado telón al abrirse. Lo que ya no le hará tan feliz —probablemente— es reconocerse entre ese grupo de niños descalzos que salen corriendo de una tienda de comestibles con los bolsillos de sus abrigos extrañamente abultados, tal vez huyendo de los gritos destemplados de un carcamal con el delantal desabrochado. Sus arrugadas mejillas se llenarán de rubor y, avergonzado, mirará de reojo a los que se sientan a su lado comprobando que han envejecido ostensiblemente desde que entraron a la sala y que, por otro lado, no le prestan ninguna atención. Pero será una mirada rápida, porque enseguida volverá a poner su atención en lo que tiene ante sí y parpadeará y se verá ahora como aquel adolescente disfrazado de algo imposible de explicar, en lo que fue la primera fiesta a la le dejaron asistir un lejano Carnaval y en la que se puso a bailar una lenta con una preciosa odalisca porque llevaba su cintura descubierta y él no había tocado nunca la piel desnuda de una chica de su edad y sin saber qué más está contemplando o cuánto tiempo ha pasado con exactitud se verá estrechando la mano de aquel abyecto director de una institución a la que dio importancia en su momento, aquel indeseable que creyó equivocadamente le ayudaría a promocionarse, hasta que llegarán aquellos momentos que temía, que no quería ver, momentos que se presentaron mucho después, cuando ya con la virilidad apagada seguía derrochando esas cantidades ingentes de dinero con mujeres que le miraban unas veces con asco y otras con compasión aunque siempre cumplían fielmente con la tarea que se les había asignado y seguirá viendo episodios que ya no recordaba o que recordaba de otra manera —la memoria es, ya se sabe, selectiva— mientras trata de no perder la compostura. Lamentablemente, no son sus recuerdos, caballero, es, simplemente lo que pasó. Pero no se sobresalte. No haremos ninguna valoración. No juzgamos lo ocurrido. Sobre esto nuestras normas son muy estrictas.

Si sienten la necesidad —sólo en casos extremos— no les aconsejamos que se dirijan a nadie de los que tienen cerca, ni siquiera si les conocen de algo o han visto anteriormente o incluso si tienen algo inteligente que decir y creen que un desconocido les comprenderá más fácilmente. Si es una crítica, esperen a decirla en voz alta, en un lugar público, donde el mayor número de personas pueda escucharla. Si es una queja murmúrenla en un rincón húmedo y poco transitado. Si es una exclamación de alegría o una petición de ayuda, guárdenselas para su uso personal. Tendrán a pesar de todo —se lo aseguro, créanme— el tiempo necesario para reaccionar convenientemente.

Si alguno de ustedes ya ha caído en la tentación de preguntarse si nuestras intenciones son buenas o si por el contrario nos mueve un espíritu malintencionado le aconsejamos enérgicamente que dedique su atención a cosas más útiles. Esta representación no tiene las intenciones, casi siempre buenas, que tienen otras, principalmente por la razón de que no tiene ninguna. Si esto molesta a alguien en particular, pedimos disculpas de antemano con toda humildad. Que a nadie se le ocurra tampoco tratar de vislumbrar a qué género pertenece esta representación, pues si hace reír no es ninguna comedia, si provoca el llanto, seguro que es una exageración y si presenta momentos serios es que está tratando aspectos obviamente banales. El texto, voluntariamente, eso sí, ha prescindido de aspirar a cualquier tipo de calidad literaria, no porque al autor, si lo hubiera, no le parezca bonita la literatura y digna de ser practicada con esmero, sino porque no tiene el más mínimo talento para dicha tarea. La obra no emula ni es herencia de sus predecesoras y mucho menos es un rompimiento con el pasado, cosa que siempre resulta francamente desagradable, y a pesar de que ha sido escrita sin ignorar a sus contemporáneos, los plagia poco y bien, es decir, con buen gusto y solo cuando es absolutamente necesario.

No les prometí que sería breve —aunque muchos albergaran esta esperanza desde el principio—, ni siquiera he hecho ninguna referencia a la duración de mi intervención. Tampoco estoy muy seguro de haber dicho lo que debía o tenía que decir, de si lo he dicho con las palabras apropiadas aunque sí estoy seguro de no haberles prometido nada que estuviera ahora más o menos orgulloso de incumplir.

Sólo un último consejo. Al ser la duración de la representación extremadamente impredecible les recomiendo encarecidamente que conserven con ustedes todos los enseres imprescindibles para un largo viaje y estén preparados para los abruptos cambios climáticos de las distintas estaciones.

Como nos parece antinatural y muy inquietante que se queden a oscuras durante la representación no vamos a apagar las luces. Es, desde luego, si no injusto, sí desequilibrado que ustedes puedan vernos a nosotros y nosotros, en cambio, no podamos verles a ustedes. 

Y si al terminar, no se ven capaces de levantarse y dirigirse hacia los guardarropas donde imprudentemente algunos habrán dejado sus pertenencias, tal vez, eso sí, puedan prestar unos segundos de atención a los que, como ustedes, han cerrado los ojos para siempre en el preciso instante en que la representación llegaba a su fin. 

Ese momento es bellísimo —se lo aseguro—, irrepetible, de una cualidad fuera de toda medida y apenas tendrán algunos segundos para darse cuenta. 

No me agradaría de ningún modo que alguno de ustedes pudiera decir que no se lo advirtieron.



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