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Under Construction

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Tuesday, August 23, 2011

MODERNITY AS A BRIDGE






Laurie Anderson


I see and write things first as an artist, second as a woman, and third as a New Yorker. All three have built-in perspectives that aren't neutral.




What attracted me at first sight from this incorrigible New Yorker were her overwhelming vitalism and her charismatic beauty. Then, in concert May 1986 in Madrid, I had occasion to note that this was an artist of the first magnitude. I fell in love with her proposal and personal way of communicating it. Music, text, staging, daring and creative use of technology. At that time full of promises, her presence would have become something regular. And it has. Throughout all these years I've become a staunch supporter and I even used her music in some of my shows.

Her creations are innovative because they are personal. And, despite she’s always causing intimate storms on the borders of music, literature and performance, her unique harmonious vision of multidisciplinary is based on an undeniable good taste. "The boundaries between art forms were above to disappear," wrote Anderson in Stories from the Nerve Bible. "We were very aware that we were creating something entirely new to the scene." Her ability as a narrator manifests through her incursions into video, photography, sculpture, poetry and, of course, music, always flirting with multimedia formats, always enjoying the privilege of being in touch with avant-garde artists like Philip Glass, Brian Eno, William Burroughs, Willie Williams, Lou Reed, Peter Gabriel, Jean Michel Jarre... An artist who seeks the total work of art, not shy away from controversy on issues such as abuse of power, war or the plight of women in many societies today. She has been criticized, especially at home, perhaps because her formulas, whatever the result has been, are full of authenticity. "I'm not a moralist who hits a table and tells people what they should do. However, that never works. I am interested in this world and how it works. That is really what my own art is about. "

His songs seem to be written not only for her contemporary mezzo-soprano voice, but for her voice itself. The creative use she makes of technology becomes pure magic. Witchcraft in the twentieth century. And so, thanks to Laurie Anderson dance costume that she designed for her live performances, in which the artist has integrated sensors, a simple drum machine, spliced to a synthesizer, so that produces a series of dance sounds and musical phrases assigned to each of the sensors, creating music with her body movements on stage. Is not a dream for any dancer? Or use her acoustic violin that she has also altered, replacing its traditional strings and bow prerecorded tape, so that the instrument is even capable of reproducing words to touch in the rhythm and tempo desired by the artist each time. Is not a dream for a poet?

She has brought Pop Culture to the forefront. In fact, Anderson's entire career can be seen as a close cross to break the barriers, renaming familiar objects through strange creations and discover the extraordinary in the everyday.


Three songs, Language is a Virus and Smoke Rings from Home of the Brave and Born, Never Asked from Big Science. Her Home of the Brave gathered a large number of musicians and singers on stage, creating his first film. Language is a Virus, a title taken from a verse by William S. Burroughs ("Language is a virus from outer space") is not only the idea of language as a disease oral communication, but also a concept laden with Buddhist implications: "In Buddhist thought, the thing and the name of the thing is too much." She said in Nerve Bible. ”So language is a kind of trick." Anderson had met Burroughs in 1978 at the Nova Convention, a Festival of New York in which she presented her work. The poet, advanced in years, made a memorable appearance on the stage, where he danced a tango with Anderson. Collaboration with other artists has allowed for greater interaction, which became in excellent results in the sequence of game-show Smoke Rings. The song also has some gorgeous images of the lyric, like the verse "I'm thinking back to when I was a Hershey bar in the back pocket of my father." Born, Never Asked is essentially an instrumental, after a brief spoken introduction by Anderson (containing only about 55 words). The song continues for about five minutes, during which time is dominated by a single instrumental line of keyboards, violin, marimba, and applause with a repetitive phrase. These repeating patterns, either in music or in the letter, found in many of her songs, led many to classify her sometimes as an artist of Minimal Art.





LA MODERNIDAD COMO UN PUENTE
Laurie Anderson




Yo veo y escribo las cosas en primer lugar como artista, en segundo como mujer y en tercer lugar como neoyorquina. Las tres posturas han incorporado perspectivas que no son neutrales.

Laurie Anderson.


Lo que me sedujo a primera vista de esta neoyorquina impenitente fue su vitalismo arrollador y su carismática belleza. Después, en el concierto de mayo del 86, en Madrid, tuve la ocasión de constatar que se trataba de una artista de primera magnitud. Me enamoré de su propuesta y de su personal forma de comunicarla. Música, textos, puesta en escena, el uso atrevido y creativo de la tecnología. En aquella época llena de promesas, su presencia tendría que convertirse en algo habitual. Y así ha sido. A lo largo de todos estos años me he convertido en un seguidor incondicional y he llegado a utilizar su música en alguno de mis montajes. 

Sus creaciones son innovadoras, porque son personales. Y, a pesar de estar siempre provocando íntimas tormentas en las fronteras de la música, la literatura y el performance, su peculiar visión armónica de lo multidisciplinar está sostenida por un innegable buen gusto. "Los límites entre las formas de arte estaban a punto de desaparecer", escribió Anderson en su Stories from the Nerve Bible. "Éramos muy conscientes de que estábamos creando algo totalmente nuevo para la escena”. Su habilidad narradora se manifiesta a través de sus incursiones en el video, la fotografía, la escultura, la poesía y, desde luego, la música, coqueteando siempre con los formatos multimedia, disfrutando en todo momento del privilegio de estar en contacto con artistas de vanguardia como Philip Glass, Brian Eno, William Burroughs, Willie Williams, Lou Reed, Peter Gabriel, Jean Michel Jarre… Una artista que busca la obra de arte total, sin rehuir de la polémica en temas como el abuso de poder, la guerra o la precaria situación de la mujer en muchas sociedades hoy en día. Ha sido muy criticada, especialmente en su país, tal vez porque sus fórmulas, sea cual sea el resultado, están cargadas de autenticidad. "Yo no soy un moralista que se pone a golpear una mesa y le dice a la gente lo que tiene que hacer. Eso nunca funciona. Yo estoy interesada en este mundo y en cómo funciona. Eso es de lo que trata realmente mi propio arte."

Sus canciones no sólo parecen estar escritas para su voz de mezzosoprano contemporánea, sino que son su voz misma. El creativo uso que hace de la tecnología, la convierte en pura magia. En la brujería del siglo XX. Y así, Laurie Anderson baila gracias al traje que ella misma ha diseñado para sus actuaciones en directo, al que la artista ha integrado los sensores de una sencilla caja de ritmos, empalmándolos a un sintetizador, de tal modo que al bailar produce una serie de sonidos y frases musicales asignadas a cada uno de los sensores, creando música corporal con cada movimiento que realiza sobre el escenario. ¿No es sueño de cualquier bailarín? O el uso de su violín acústico al que también ha alterado, reemplazando sus cuerdas tradicionales y su arco por cinta magnética pregrabada, de tal modo que el instrumento es incluso capaz de reproducir palabras al tocarlo, en la cadencia y tempo deseados por la artista en cada momento. ¿No es el sueño de cualquier poeta?

Ha acercado la cultura pop a la vanguardia. De hecho, toda la carrera de Anderson puede ser vista como una íntima cruzada para romper las barreras, renombrando los objetos familiares a través de extrañas creaciones y descubrir lo extraordinario en lo cotidiano.

Tres temas, Language is a Virus y Smoke Rings de Home of the Brave y Born, Never Asked de Big Science. Su Home of the Brave reunió un gran número de músicos y cantantes en el escenario, creando su primera película. Language is a Virus, título tomado de un verso de William S. Burroughs ("El lenguaje es un virus del espacio exterior") no es sólo la idea del lenguaje como enfermedad comunicada por vía oral, sino también un concepto cargado de implicaciones budistas: "En el pensamiento budista, la cosa y el nombre de la cosa resulta demasiado", explicó en Nerve Bible. "Así que el lenguaje es una especie de truco". Anderson había conocido a Burroughs en 1978 en la Convención de Nova, un Festival de Nueva York en el que presentaba su trabajo. El poeta, ya entrado en años, hizo una memorable aparición en el escenario, donde bailó un tango con Anderson. La colaboración con otros artistas ha permitido una mayor interacción, que se plasma con excelentes resultados en la secuencia del juego-espectáculo de Smoke Rings. La canción tiene también algunas imágenes magníficas de la lírica, como el verso "Estoy pensando en volver a cuando era una barra de Hershey en el bolsillo trasero de mi padre". Born, Never Asked es esencialmente un tema instrumental, después de una breve introducción hablada de Anderson (que contiene sólo unas 55 palabras). La canción continúa durante cerca de cinco minutos, tiempo durante el cual predomina una sencilla línea instrumental de los teclados, el violín, la marimba, y aplausos con una frase musical repetitiva. Estos patrones repetitivos, ya sea en la música o en la letra, se encuentran en muchas de sus canciones, lo que ha llevado a muchos a clasificarla a veces como una artista del Minimal Art.




Wednesday, August 17, 2011

A BEGGAR WHO READ DOSTOYEVSKY



"Every man's concern seems to be to prove to himself that he is a man and not machinery."

Probably a day like today, at this morning on my almost daily trip to the outskirts of the city, with that annoying weather, -it was already announced, rainy week-, is not the best day to think about the angst of be alive, the threats of free will or the struggle against natural laws. So I try to think of something else while waiting for the tram number four. At these hours they come quiet often. The doors open before me, and with a minimum effort, I adopt this absent look from those who are going to travel with me and I enter the car. There are hardly any people. Almost everyone is seated, left to unavailable inventories. After a few seconds I seat as well and I discover, somewhat perplexed, that there is a beggar in front of me. He is reading. It's not anything unusual. Many beggars travel on public transport throughout the day to shelter from the hard winter cold. Nor is it unusual he reads. I remember when I came to Budapest someone told me that behind many beggars there are teachers, doctors, lawyers, including old government employees. Perplexity becomes surprise when I see the title of the book that holds firmly in her gnarled hands. Az Feljegyzések egérlyukból (Notes from Underground). For a moment I am unable to decide where I should lead my thoughts to. Really confused, I just observe. He has his eyes stuck in the book, wide-open with a look of determination. He has barely reached the middle and not moving a muscle in his body he is able to transmit a captivating tension. Without even realizing it, I get identified with his concentration and I try to remember. What effect will produce that monotonic and wounding monologue in this man who certainly wears his rags and lack of hygiene with more than dignity? Is he one of those professors who fail in disgrace after the regime change? But his look, his attitude is not self-sufficient. He reads, rather devoured, like someone who is learning an unforgettable lesson. Like someone who has found something new and revealing and should show himself very grateful. The first thing I feel is envy, of course. And I remember how it was my first reading. Then, without barely realizing, I take the decision to cancel my duties and unite my fate, if only for a while, to the unconditional reader of Dostoyevsky one. At this point, I've left behind the tram stop where I should have gone down. They go through my head a great many of strategies. A million questions. But suddenly, my traveling companion firmly closes the book, gets up and prepares to go out. Of course, I follow his steps automatically. We got off the tram and I see that we are at the last station. The beggar sheathes the book in his coat and walks towards the park. Then I have the certainty that he knows I'm following him, and perhaps for that reason, he stops, as if inviting me to his side. When I do it, we walk together till we find a bench where we sit down. It's time to say something, but I feel that to break that silence would be a sacrilege of unacceptable dimensions. He begins to snort and to gesticulate. I realize that is a reaction to what he has been reading. I do not know if I well understand, but I'm fascinated. Suddenly he stops and falls into a state of despondency. We stay in silence, without moving. After a long time he asks: What day is today? His voice rings out loud and deep. Wednesday, I say.


"Toda la preocupación del hombre parece consistir en demostrarse a sí mismo que es un hombre y no un engranaje".

Seguramente un día como hoy, a estas horas de la mañana, en mi viaje casi diario a las afueras de la ciudad, con el tiempo que hace –ya lo habían anunciado, semana lluviosa- no es el mejor día para pensar en la angustia de estar vivo, las amenazas del libre albedrío o la lucha contra las leyes naturales. Por eso trato de pensar en otra cosa mientras espero el tranvía número cuatro. A estas horas vienen muy seguidos. Se abren las puertas frente a mí y, sin apenas esfuerzo, adopto ese aire distraído que tienen los que se disponen a viajar conmigo y entro en el vagón. Apenas hay gente. Casi todos están sentados, entregados a inasequibles inventarios. Al cabo de unos segundos me siento yo también y descubro, algo perplejo, que frente a mi hay un mendigo. Está leyendo. No es que sea nada anormal. Muchos mendigos viajan en los transportes públicos durante todo el día para guarecerse del frío. Tampoco es anormal que lea. Recuerdo que cuando llegué a Budapest alguien me dijo que detrás de muchos mendigos hay profesores, médicos, abogados, incluso antiguos funcionarios del estado. De la perplejidad paso a la sorpresa cuando veo el título del libro que sujeta firmemente en sus manos nudosas. Feljegyzések az egérlyukból (Memorias del subsuelo). Durante unos segundos no acierto a decidir hacia dónde tienen que dirigirse mis pensamientos. Realmente desconcertado, me limito a observarle. Tiene la vista clavada en el libro, los ojos bien abiertos con una expresión de determinación. Apenas ha llegado a la mitad y sin mover un músculo de su cuerpo es capaz de transmitir una tensión cautivante. Sin apenas darme cuenta, me voy identificando con su concentración y trato de hacer memoria. ¿Qué efecto producirá ese monocorde y lacerante monólogo en este hombre que, por cierto, lleva sus andrajos y su falta de higiene con algo más que dignidad? ¿Será uno de esos profesores universitarios caídos en desgracia con el cambio de régimen? Pero su mirada, su actitud, no es autosuficiente. Lee, mejor dicho, devora, como el que está aprendiendo una lección inolvidable. Como el que se ha encontrado con algo nuevo y revelador y debe mostrarse profundamente agradecido. Lo primero que siento es envidia, desde luego. Y recuerdo cómo eran mis primeras lecturas. Después, sin saber muy bien porque, tomo la decisión de cancelar mis obligaciones y unir mi destino, aunque sólo sea por un rato, con aquel lector incondicional de Dostoyevsky. A estas alturas, ya he dejado atrás la parada donde debería haberme bajado. Se me pasan por la cabeza un sinfín de estrategias. Un millón de preguntas. Pero, de pronto, mi compañero de viaje cierra el libro con firmeza, se levanta y se dispone a bajar. Por supuesto, yo sigo sus pasos automáticamente. Bajamos del tranvía y veo que estamos en la última parada. El mendigo enfunda el libro en su abrigo y camina hacia el parque. Tengo entonces la certeza de que sabe que le estoy siguiendo y, quizás por eso, se para, como invitándome a ponerme a su lado. Cuando lo hago, seguimos caminando juntos hasta encontrar un banco en el que nos sentamos. Es el momento de decir algo, pero siento que romper aquel silencio sería un sacrilegio de dimensiones inadmisibles. Se pone a resoplar y empieza a gesticular. Me doy cuenta de que es una reacción a lo que ha estado leyendo. No sé si lo entiendo muy bien, pero estoy fascinado. Súbitamente se para y cae en un estado de abatimiento. Nos quedamos en silencio, sin movernos. Después de un buen rato me pregunta: ¿Qué día es hoy? Su voz resuena estentórea y grave. Miércoles, le digo.


NOTES FROM UNDERGROUND



Fyodor Dostoyevsky
(Excerpt from Notes from Underground)

I

I AM A SICK MAN.... I am a spiteful man. I am an unattractive man. I believe my liver is diseased. However, I know nothing at all about my disease, and do not know for certain what ails me. I don't consult a doctor for it, and never have, though I have a respect for medicine and doctors. Besides, I am extremely superstitious, sufficiently so to respect medicine, anyway (I am well-educated enough not to be superstitious, but I am superstitious). No, I refuse to consult a doctor from spite. That you probably will not understand. Well, I understand it, though. Of course, I can't explain who it is precisely that I am mortifying in this case by my spite: I am perfectly well aware that I cannot "pay out" the doctors by not consulting them; I know better than anyone that by all this I am only injuring myself and no one else. But still, if I don't consult a doctor it is from spite. My liver is bad, well, let it get worse!

I have been going on like that for a long time, twenty years. Now I am forty. I used to be in the government service, but am no longer. I was a spiteful official. I was rude and took pleasure in being so. I did not take bribes, you see, so I was bound to find recompense in that, at least. (A poor jest, but I will not scratch it out. I wrote it thinking it would sound very witty; but now that I have seen myself that I only wanted to show off in a despicable way, I will not scratch it out on purpose!)

When petitioners used to come for information to the table at which I sat, I used to grind my teeth at them, and felt intense enjoyment when I succeeded in making anybody unhappy. I almost did succeed. For the most part they were all timid people -- of course, they were petitioners. But of the uppish ones there was one officer in particular I could not endure. He simply would not be humble, and clanked his sword in a disgusting way. I carried on a feud with him for eighteen months over that sword. At last I got the better of him. He left off clanking it. That happened in my youth, though.

But do you know, gentlemen, what was the chief point about my spite? Why, the whole point, the real sting of it lay in the fact that continually, even in the moment of the acutest spleen, I was inwardly conscious with shame that I was not only not a spiteful but not even an embittered man, that I was simply scaring sparrows at random and amusing myself by it. I might foam at the mouth, but bring me a doll to play with, give me a cup of tea with sugar in it, and maybe I should be appeased. I might even be genuinely touched, though probably I should grind my teeth at myself after-wards and lie awake at night with shame for months after. That was my way.

I was lying when I said just now that I was a spiteful official. I was lying from spite. I was simply amusing myself with the petitioners and with the officer, and in reality I never could become spiteful. I was conscious every moment in myself of many, very many elements absolutely opposite to that. I felt them positively swarming in me, these opposite elements. I knew that they had been swarming in me all my life and craving some outlet from me, but I would not let them, would not let them, and purposely would not let them come out. They tormented me till I was ashamed: they drove me to convulsions and sickened me, at last, how they sickened me! Now, are not you fancying, gentlemen, that I am expressing remorse for something now, that I am asking your forgiveness for something? I am sure you are fancying that ... However, I assure you I do not care if you are....

It was not only that I could not become spiteful, I did not know how to become anything; neither spiteful nor kind, neither a rascal nor an honest man, neither a hero nor an insect. Now, I am living out my life in my corner, taunting myself with the spiteful and useless consolation that an intelligent man cannot become anything seriously, and it is only the fool who becomes anything. Yes, a man in the nineteenth century must and morally ought to be pre-eminently a characterless creature; a man of character, an active man is pre-eminently a limited creature. That is my conviction of forty years. I am forty years old now, and you know forty years is a whole lifetime; you know it is extreme old age. To live longer than forty years is bad manners, is vulgar, immoral. Who does live beyond forty? Answer that, sincerely and honestly I will tell you who do: fools and worthless fellows. I tell all old men that to their face, all these venerable old men, all these silver-haired and reverend seniors! I tell the whole world that to its face! I have a right to say so, for I shall go on living to sixty myself. To seventy! To eighty! ... Stay, let me take breath...

You imagine no doubt; gentlemen that I want to amuse you. You are mistaken in that, too. I am by no means such a mirthful person as you imagine, or as you may imagine; however, irritated by all this babble (and I feel that you are irritated) you think fit to ask me who I am -- then my answer is, I am a collegiate assessor. I was in the service that I might have something to eat (and solely for that reason), and when last year a distant relation left me six thousand rubbles in his will I immediately retired from the service and settled down in my corner. I used to live in this corner before, but now I have settled down in it. My room is a wretched, horrid one in the outskirts of the town. My servant is an old country-woman, ill-natured from stupidity, and, moreover, there is always a nasty smell about her. I am told that the Petersburg climate is bad for me and that with my small means it is very expensive to live in Petersburg. I know all that better than all these sage and experienced counselors and monitors.... But I am remaining in Petersburg; I am not going away from Petersburg! I am not going away because ... ech! Why, it is absolutely no matter whether I am going away or not going away.

But what can a decent man speak of with most pleasure?

Answer: Of himself.

Well, so I will talk about myself.


I

Soy un enfermo. Soy un malvado. Soy un hombre desagradable. Creo que padezco del hígado. Pero no sé absolutamente nada de mi enfermedad. Ni siquiera puedo decir con certeza dónde me duele. Ni me cuido ni me he cuidado nunca, pese a la consideración que me inspiran la medicina y los médicos. Además, soy extremadamente supersticioso... lo suficiente para sentir respeto por la medicina. (Soy un hombre instruido. Podría, pues, no ser supersticioso. Pero lo soy.) Si no me cuido, es, evidentemente, por pura maldad. Ustedes seguramente no lo comprenderán; yo sí que lo comprendo. Claro que no puedo explicarles a quién hago daño al obrar con tanta maldad. Sé muy bien que no se lo hago a los médicos al no permitir que me cuiden. Me perjudico sólo a mí mismo; lo comprendo mejor que nadie. Por eso sé que si no me cuido es por maldad. Estoy enfermo del hígado. ¡Me alegro! Y si me pongo peor, me alegraré más todavía.

Hace ya mucho tiempo que vivo así; veinte años poco más o menos. Ahora tengo cuarenta. He sido funcionario, pero dimití. Fui funcionario odioso. Era grosero y me complacía serlo. Ésta era mi compensación, ya que no tomaba propinas. (Esta broma no tiene ninguna gracia pero no la suprimiré. La he escrito creyendo que resultaría ingeniosa, y no la quiero tachar, porque evidencia mi deseo de zaherir.) Cuando alguien se acercaba a mi mesa en demanda de alguna información, yo rechinaba los dientes y sentía una voluptuosidad indecible si conseguía mortificarlo. Lo lograba casi siempre. Eran, por regla general, personas tímidas, timoratas. ¡Pedigüeños al fin y al cabo! Pero también había a veces entre ellos hombres presuntuosos, fanfarrones. Yo detestaba especialmente a cierto oficial. Él no quería someterse, e iba arrastrando su gran sable de una manera odiosa. Durante un año y medio luché contra él y su sable, y finalmente salí victorioso; dejó de fanfarronear. Esto ocurría en la época de mi juventud.

Pero ¿saben ustedes, caballeros, lo que excitaba sobre todo mi cólera, lo que la hacía particularmente vil y estúpida? Pues era que advertía, avergonzado, en el momento mismo en que mi bilis se derramaba con más violencia, que yo no era un hombre malo en el fondo, que no era ni siquiera un hombre amargado, sino que simplemente me gustaba asustar a los gorriones. Tengo espuma en la boca; pero tráiganme ustedes una muñeca, ofrézcanme una taza de té bien azucarado, y verán cómo me calmo; incluso tal vez me enternezca. Verdad es que después me morderé los puños de rabia y que durante algunos meses la vergüenza me quitará el sueño. Sí, así soy yo.

He mentido al decir que fui un funcionario perverso. He mentido por despecho. Yo trataba, simplemente, de distraerme con aquellos peticionarios y aquel oficial, y jamás conseguí llegar a ser realmente malo. Me daba perfecta cuenta de que existían en mi gran número de elementos diversos que se oponían a ello violentamente. Los sentía hormiguear dentro de mi ser, por decirlo así. Sabía que estaban siempre en mi interior y que aspiraban a exteriorizarse, pero yo no los dejaba salir; no, no les permitía evadirse. Me atormentaban hasta la vergüenza, hasta la convulsión. ¡Oh, qué cansado, qué harto estaba de ellos!

Pero ¿no les parece, señores, que estoy adoptando ante ustedes una actitud de arrepentimiento por un crimen que no sé cuál es? Estoy seguro de que ustedes imaginan... No obstante, les advierto que me es indiferente que se lo imaginen o no.

No he conseguido nada, ni siquiera ser un malvado; no he conseguido ser guapo, ni perverso; ni un canalla, ni un héroe..., ni siquiera un mísero insecto. Y ahora termino mi existencia en mi rincón, donde trato lamentablemente de consolarme (aunque sin éxito) diciéndome que un hombre inteligente no consigue nunca llegar a ser nada y que sólo el imbécil triunfa. Si, señores, el hombre del siglo XIX tiene el deber de estar esencialmente despojado de carácter; está moralmente obligado a ello. El hombre de carácter, el hombre de acción, es un ser de espíritu mediocre. Tal es el convencimiento que he adquirido en mis cuarenta años de existencia.

Sí, tengo cuarenta años... Cuarenta años son toda una vida; son... una verdadera vejez. Vivir más de cuarenta años es una inconveniencia, algo inmoral y vil. ¿Quién vive después de cumplir cuarenta años? ¡Respondan sinceramente, honradamente! Voy a decírselo a ustedes: los imbéciles y los bribones. Si, ésos son los que viven más de cuarenta años. ¡Se lo diré en la cara a todos los viejos, a todos esos respetables viejos de rizos plateados y perfumados! Lo proclamaré ante el universo entero. Tengo derecho a hablar así porque yo viviré hasta los sesenta, hasta los setenta, hasta los ochenta años!... ¡Esperen! ¡Déjenme recobrar el aliento!

Ustedes se imaginan seguramente que mi propósito es hacerles reír. Pues no; se equivocan en esto, como en todo lo demás. No soy en modo alguno tan alegre como sin duda les parezco. Por otra parte, si, irritados por toda esta palabrería (porque ustedes están irritados; lo veo), me pregunta qué soy en fin de cuentas, les responderé: soy un asesor de colegio. Ingresé en la Administración para poder comer (únicamente para eso), y el año pasado, cuando un pariente lejano me legó seis mil rublos, dimití al punto y me enterré en mi rincón. Hacía ya mucho tiempo que estaba aquí, pero ahora me he instalado definitivamente. La habitación que ocupo está en los confines de la ciudad y es fea, destartalada. Mi criada es una vieja campesina, malvada por falta de inteligencia. Además, huele mal. Me dicen que el clima de Petersburgo me perjudica, que la vida aquí es muy cara, e ínfimos los recursos de que dispongo. Lo sé; lo sé mucho mejor que todos esos sabios donadores de consejos. Pero me quedo en Petersburgo. No me iré de Petersburgo porque... Bueno, ¿qué importa que me marche o no?

Sin embargo ¿de qué puede hablar un hombre honrado con más placer?

Respuesta: de sí mismo. 

¡Por lo tanto, voy a hablarles de mí mismo!



Wednesday, August 3, 2011

BOURBON'S TRUTHS






Tom Waits

Tom Waits, the cracked voice of America and the one who lend that voice to seedy and desperate characters without, however, a sense of humor full of vitality, troubadour of impossible stories, ugly and tender at the same time, the underground clown who unmasks reality with a gesture of brazen freedom, the intelligent jester with his dazzlingly humanity. Tom Waits, versatile and unique. Tom Waits, the actor who sets a world inspired by film noir, the writer who puts music to the alternative poetry by Allan Ginsberg or William Burroughs, the stage director who compete with Bob Wilson creating dreamlike and surreal spaces. Tom Waits, the poet.


His music seems to be made for apprentices of loser, for those who have been abandoned and finish their glasses of liqueur off when the bar has already closed, for those who believe that happiness has to be brief and fierce, for those who feel running down their veins the ardor of temptation and never dare to succumb to it, for those who devour with their eyes the fruit that will never be theirs. But that is the mere appearance of the work of this artist. Tom Waits, I firmly believe, speaks to us all. To all who wants to listen. And, really, once you've entered his world, is a real pleasure to listen to.

It was hard to pick three themes this time. We chose three albums, nowadays mythic: Rain Dogs, which illuminates the marginal corners of New York with polkas, ballads and blues with the masterly support of Keith Richards on guitars. Dissonant rhythms and surreal and imaginative lyrics which identify each other to create a dark and attractive world, with the force of chaos. Franks Wild Years, a contemporary opera that speaks of those impulses that we cannot overcome, a ghostly vision of the Prodigal Son created on gypsy dances and circus marches, with a rhythm section by Michael Blair, a magician of the drums; and Small Change with a jazz trio composed by the tenor saxophonist Lew Tabackin, the bassist Jim Hughart, and the drummer Shelly Manne, plus an occasional string section.











The themes, Time, a melancholic and beautiful ballad, Temptation, which invokes an opera singer street announcing the disadvantages of the excess of will and Tom Traubert's Blues, which interprets reality or realities in their own way, with the alcoholic vision from the one who cannot be separated from the piano in the middle of the dawn. But maybe it's just a trap. Tom Waits himself warns us in another memorable song of the same album: The Piano Has Been Drinking (Not Me).


LAS VERDADES DEL BOURBON


Tom Waits, la voz quebrada de América y el que presta esa voz a personajes sórdidos y desesperados sin renunciar, sin embargo a un sentido del humor vitalista, el trovador de historias imposibles, feas y tiernas al mismo tiempo, el clown underground que desenmascara la realidad con un gesto de libertad descarada, el bufón inteligente y arrebatadoramente humano. Tom Waits, polifacético y único. Tom Waits el actor que pone en pie un mundo inspirado en el cine negro, el escritor que pone música a la poesía alternativa de escritores como Allan Ginsberg, el director de escena que compite con Bob Wilson creando espacios oníricos y surreales. Tom Waits el poeta.


Su música parece que está hecha para aprendices de perdedor, para los que han sido abandonados y apuran vasos de aguardiente cuando ya ha cerrado el bar, para los que creen que la alegría tiene que ser breve y feroz, para los que sienten correr por sus venas el ardor de la tentación y jamás se atreven a sucumbir a ella, para los que devoran con la vista lo que nunca será suyo. Pero eso es la pura apariencia de la obra de este artista. Tom Waits, lo creo firmemente, nos habla a todos. A todos los que quieran escuchar. Y, la verdad, una vez has entrado en su mundo, escucharle es un verdadero placer.

Ha sido difícil escoger tres temas. Hemos elegido tres álbumes, ya míticos: Rain Dogs, que ilumina los rincones marginales de Nueva York con polkas, baladas y blues con el apoyo magistral de Keith Richard en las guitarras. Ritmos disonantes y letras surrealistas e imaginativas que se compenetran para crear un universo oscuro y atrayente, con la fuerza de lo caótico. Franks Wild Years, una ópera rabiosamente contemporánea que habla de esos impulsos que no podemos superar, una visión fantasmagórica del hijo pródigo creada a base de danzas gitanas y marchas de circo, con una sección rítmica a cargo de Michael Blair, un mago de la percusión; y Small Change con un trío de jazz compuesto nada menos que por el saxo tenor Lew Tabackin, el bajista Jim Hughart, y el batería Shelly Manne, además de una sección de cuerda ocasional. 

Los temas, Time, una meláncolica y bellísima balada, Temptation, que invoca a una cantante de ópera callejera que anuncia los males del exceso de voluntad y Tom Traubert’s Blues, que interpreta la realidad o realidades a su manera, con la visión alcohólica de quien no puede separarse del piano por muy tarde que sea. Pero quizá sea sólo una trampa. Ya nos lo advierte el propio Tom Waits en otra canción memorable del mismo disco: The Piano has been Drinking (not me).


Lyrics from the songs (In ENGLISH and SPANISH)

Rain Dogs (Full Album)
Franks Wild Years (Full Album)
Small Change (Full Album)





Monday, August 1, 2011

NAKED DANCE

Even today, I remember clearly the moment I heard the Cello Suite by J.S. Bach for the first time. The vibrant sound of this instrument that imposes on silence its majestic solitude, took me like a sudden and warm draft in an autumn afternoon. I understood that saying from the eastern philosophy which advice us to remain silent if we cannot improve the silence and I thanked the cello had spoken. I also understood that music was showing itself naked to me with all the forcefulness of its purity. Maybe that's why I amused myself imagining the naked bodies of a pair of dancers on an empty stage, carried away by those bars, and without any kind of slightest sexual or erotic connotations, creating a dance that could be one of the thousand ways in which becomes real the ritual of beauty.


Now I find the exquisite photography of Klaus Kampert, via Behance, showing precisely how it is possible to portray the naked body and achieve a pure abstraction without complex. Kampert images, taken from the work with the dancers of the Ballet of the Deutsche Oper Rhein from Düsseldorf, are a minimalist geometry that evokes the world of forms imagined by Oskar Schlemmer, but without its bulky costumes. The path to the essentials can lead to Baroque, as Schlemmer knew well, and here is the smart reply by Kampert, based on these beautiful bodies of some dancers who have stopped their dancing to let the photographer show us his peaceful vision of lines and tracing.

In his own words:

"My work is mainly concerned with the human body. Still, I do not consider my images to be classic nudes or erotic photography, although these genres may have an impact on my work. I am not interested in showing beauty as an out ward phenomenon. Rather I would like to present the human being as a whole: body and mind united. By picturing nakedness in an image, it is to reveal mind and emotion, not only showing the body as such. Among my models especially the ballet dancers are those who succeed in expressing this wholeness in a particular manner. Their bodies bespeak the constant pursuit of beauty, grace, achievement and perfection. It is my intention and my passion to display this to the viewer."

Klaus Kampert





Todavía hoy, recuerdo con claridad el momento en el que escuché la Suite para violonchelo de J.S. Bach por primera vez. El sonido vibrante de este instrumento, imponiéndose al silencio en majestuosa soledad, se apoderó de mí como una corriente de aire repentina y cálida en una tarde de otoño. Entendí aquella sentencia oriental que nos aconseja quedarnos callados si no somos capaces de mejorar el silencio y agradecí que el violonchelo hablase. Entendí también que la música se me presentaba desnuda con toda la rotundidad de su pureza. Quizá por eso me entretuve en imaginar los cuerpos desnudos de una pareja de bailarines en un escenario vacío, dejándose llevar por estos compases y, sin la más mínima connotación sexual o erótica, crear una danza que pudiera ser una de las mil formas en las que se hace real el ritual de la belleza. 

Ahora me encuentro con la exquisita fotografía de Klaus Kampert, via Behance, que muestra precisamente cómo es posible retratar el cuerpo desnudo y lograr una abstracción pura y sin complejos. Las imágenes de Kampert, realizadas a partir del trabajo con los bailarines del Ballet de la Deutsche Oper aum Rheine de Düsseldorf, son de una geometría minimalista que evoca el mundo de las formas que imaginaba Oskar Schlemmer pero sin su aparatoso vestuario. Un recorrido hacia lo esencial puede llevarnos a veces al barroco, esto lo sabía muy bien Schlemmer, y aquí tenemos la acertada réplica de Kampert, apoyada en estos hermosos cuerpos de unos bailarines que han detenido su danza para que el fotógrafo nos muestre su visión serena de líneas y trazados.

Según sus propias palabras:

"Mi trabajo se centra, principalmente, en el cuerpo humano. Sin embargo, no creo que mis imágenes sean desnudos clásicos o eróticos, aunque estos géneros puedan ejercer una influencia sobre mi trabajo. No estoy interesado en mostrar la belleza como un fenómeno externo. Más bien me gustaría presentar al ser humano como un todo: cuerpo y mente unidos. Imaginar la desnudez en una imagen es presentar la mente y las emociones y no sólo mostrar el cuerpo como tal. Entre mis modelos, los bailarines de ballet son los que mejor expresan esa totalidad de una forma particular. Sus cuerpos denotan la constante búsqueda de la belleza, la gracia, el logro y la perfección. Es mi intención y mi pasión mostrar esto al espectador."

Klaus Kampert